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sábado, 27 de julio de 2013

Educación para la Salud (Cruz Roja Española)


Educación para la Salud

* Lo importante es que haya salud…pero es
más importante educarnos para la salud.
* La educación para la salud: otra pieza de
la educación social.
* Algunos criterios para trabajar en educación
para la salud con jóvenes.



Cruz Roja Juventud (CRJ) es la sección juvenil de Cruz Roja Española, formada por  niños, niñas y jóvenes de edades comprendidas entre los 8 y los 30 años. Aunque sin forma jurídica propia, Cruz Roja Juventud tiene el carácter de una Asociación juvenil que desarrolla su compromiso social a través de una acción orientada hacia la transformación, rigiéndose por los Principios Fundamentales del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y la Media Luna Roja: Humanidad, Imparcialidad, Neutralidad, Independencia, Carácter Voluntario,  Unidad y Universalidad.

Promoción y Educación para la Salud

miércoles, 19 de diciembre de 2012

El educador y el médico


El educador y el médico (1)

Existe, sin duda, una estrecha relación entre la educación y  la salud; sin embargo, hay diferencias sociales profundas entre los médicos y los educadores. La mayor consideración social del médico que del educador, radica probablemente en que esta humanidad -debido a su nivel de evolución- se ha  identificado más con su cuerpo que con su mente y su espíritu. En nuestra mentalidad actual, el médico se ocupa de nuestro cuerpo físico, atiende a nuestra salud externa, mientras el educador tiene encomendada la tarea de nuestro desarrollo mental y emocional. Pero esto es debido a esa división cartesiana y mecanicista del hombre en cuerpo y mente, como dos realidades totalmente diferentes, hoy superada por la ciencia moderna.

No obstante, el verdadero médico no ha actuado nunca exclusivamente sobre el cuerpo físico, sino también sobre la mente y el espíritu, porque ha habido siempre un conocimiento consciente o inconsciente de que el cuerpo y la mente pertenecen al mismo ser y son totalmente interdependientes. Hoy es un hecho confirmado por la ciencia moderna, por lo que tanto el médico como el educador han de ocuparse de la persona integral. A pesar de ello, de aquel viejo lema “mens sana in corpore sano”, podríamos decir que, hoy en nuestro mundo, el educador se ocupa más bien de la mens sana, y el médico, del corpore sano.

Ha llegado, pues, el momento en que la consideración social del educador se acreciente, sin que disminuya la del médico, pues ambas profesiones son las más necesarias e imprescindibles si deseamos vivir en una sociedad sana, libre y responsable, como pretendemos aquí. Son dos profesiones a las que no debiera acceder cualquier persona, ya que exigen unas capacidades y unas disposiciones determinadas, que podemos llamar vocación, inclinación o de otra manera, pero que se caracterizan -ante todo- por haber descubierto una dirección llena de sentido. Ese es el sentimiento de la vocación, según M. Ferguson.

Aquí vemos, nuevamente, una mayor marginación social del educador que del médico, pues, mientras para ser médico se requieren unas ciertas dotes o capacidades (reflejadas desgraciadamente sólo en unas calificaciones altas), para ser educador, se cree que sirve cualquiera que haya superado la calificación más baja. Así ha sido en casi todos los países de Europa hasta época reciente, en que se ha incrementado -en algunos de ellos- la consideración social del educador.

Veamos un ejemplo bien clarificador de cuanto exponemos. Para ser médico -de niños o de mayores- hay que pasar necesariamente, con toda lógica, por la facultad de medicina y ser licenciado; para ser educador, si es de niños, basta con ser diplomado. Así ha sido, hasta hace poco tiempo, en casi toda Europa, y en España se comienza, todavía ahora, a corregir este craso error educativo y social de consecuencias tan nefastas.

Los métodos utilizados por el médico y el educador convencionales han sido semejantes. El médico ha tratado con enfermedades, no con enfermos. El educador ha tratado con grupos de alumnos, sin descender a cada uno en particular. La nueva medicina y la nueva educación se dirigen, en cambio, a la persona humana en particular y en su totalidad. En ellas, toda terapia y toda educación tienen como objetivo fundamental el conocimiento del individuo, sus características individuales, sus potencialidades. Lo cual exige un cambio profundo en la metodología del terapeuta y del educador.

“El punto decisivo -dice Jung- es que yo, como hombre, me enfrento a otro hombre”. Se trata, en ambos casos, de penetrar en el horizonte del alma humana, para lo cual se requiere una formación muy amplia, más allá de los estudios oficiales y específicos de la medicina o de la educación, y ante todo un buen conocimiento de sí mismo. En este sentido, tanto el terapeuta como el educador no terminan nunca su formación porque están aprendiendo, cada día, con su experiencia directa, pero el sentido de responsabilidad, la entrega y el amor al ser humano individual les llevan a curar y a educar por simpatía aunque su formación no se haya completado.

Por eso, Jung, ese hábil y profundo psicólogo y psicoterapeuta, afirma: “El psicoterapeuta no debe comprender sólo al paciente; es igualmente importante que se comprenda a sí mismo”, y más adelante cuenta que, en cierta ocasión, se le presenta un joven médico que quería ser psicoanalista, y Jung le dice: “¿Sabe usted lo que significa esto? Significa que debe primero conocerse a sí mismo. El instrumento es usted mismo. Si usted no está bien, ¿cómo podrá ponerse bien el paciente? Si usted no está convencido, ¿cómo podrá convencerles? Usted mismo es la auténtica materia prima”.

Una verdadera lección de praxis médica, que puede aplicarse al pie de la letra a la educación y al educador. Jung vivía plenamente su profesión de psiquiatra, de psicólogo y psicoterapeuta, pues lo era todo a la vez. Llegó a decir que sus pacientes le situaron tan cerca de la realidad de la vida humana, que no hubiera podido encontrar nada más esencial en sus experiencias. Al médico y al educador que no puedan afirmar lo mismo que Jung (que la experiencia con sus pacientes y con sus alumnos no les lleve a una mejor comprensión de la vida y del propio ser humano), les ha servido para muy poco sus respetadas profesiones. Podría ser interesante hacer esta pregunta con frecuencia tanto al médico como al educador: ¿Toma usted siempre en serio a sus pacientes, a sus alumnos?

 Otro aspecto característico del médico y del educador es que ambos necesitan ser, en buena medida, psicólogos, porque tratan con seres humanos, cuya mente y cuya alma son sus constituyentes esenciales. Seguimos con Jung, que dice: “Donde el paciente sufre es en el alma y, todavía más en concreto, en las funciones más elevadas y complejas de ella, que uno apenas se atreve a seguir adscribiendo al campo de la medicina. El médico tiene que ser, en este caso, también un psicólogo, es decir, un conocedor del alma humana”. Y en otro lugar, afirma: “Los médicos que no tienen ninguna experiencia de la práctica médica en psicología, experimentan dificultades para comprender lo que ocurre tan pronto como la psicología deja de ser una búsqueda perseguida por el sabio, en la tranquilidad del laboratorio, y participa activamente en la aventura de la vida real”.

Siguiendo con las diferencias sociales entre médico y educador, diremos que mientras se puede considerar a los médicos como los únicos o al menos los principales responsables de la situación de la salud, debido a su poder de control y de decisión, ya que ellos se consideran “los únicos capacitados para determinar lo que constituye una enfermedad y para escoger la terapia adecuada”, como dice F. Capra; los educadores, por su parte, tienen muy poco poder de decisión en materia educativa, y por tanto, no se sienten ni los únicos ni los principales responsables de la situación de la educación actual.

Resulta sorprendente y paradójico lo que dice Capra sobre la salud y otras patologías sociales de los médicos de hoy: “Tienen una actitud -afirma- y un modo de vida que resultan muy perjudiciales para su salud y generan una gran cantidad de enfermedades”, y dice que su esperanza de vida es entre diez y quince años menos que la del promedio de la población, y que el índice de alcoholismo, abuso de drogas y suicidios es muy elevado entre los médicos. Quizás no se pueda decir, felizmente, lo mismo de los educadores, salvo que el índice actual de baja laboral es de los más elevados debido a la conflictividad de los centros. Todo lo cual no deja de ser una señal clara de los fallos y las crisis de estas dos profesiones tan fundamentales en la sociedad.

Otra diferencia significativa entre el médico y el educador, que muestra un mayor prestigio profesional y social para el médico (o mejor, un desprestigio del educador), es la siguiente: El médico, después de sus estudios generales de medicina que le otorgan el título de licenciado, debe prepararse durante al menos dos años para desempeñar una especialidad; en cambio al educador, después de obtener su licenciatura, le basta un cursillo de unos meses vaciado de contenido pedagógico. Así ha sido, en España, hasta este momento en que se pretende llevar a cabo una preparación más eficiente para los profesores de Secundaria, mediante la realización de un Máster de Formación. Una vez más, para esta sociedad materialista, el cuidado del cuerpo ha tenido un mayor interés que el desarrollo de la mente y del alma. Sin embargo, la salud mental de una sociedad bien puede medirse por este termómetro: la situación profesional y social tanto del educador como del médico.

La necesidad, pues, de un cambio de paradigma en la salud y en la educación es necesaria y urgente. Nada hay más parecido a esta medicina convencional que esta educación convencional, pues ambas provienen del sistema patriarcal y de la visión mecanicista y materialista del mundo y del hombre.
(1) Se permite  el uso y la difusión de este documento citando su procedencia. Reservado por derechos de autor

La salud y la educación, pilares básicos de la sociedad


La salud y la educación, pilares básicos de la sociedad (1)

La salud y la educación caminan siempre juntas y han de ser los objetivos principales en cualquier sociedad que desee el progreso y el bienestar verdaderos de sus ciudadanos. La salud y la educación, si son auténticas e integrales, ayudan a desarrollar las potencialidades que laten en el interior de todo ser humano, y le llevan a un mejor conocimiento de sí mismo. Por eso, el físico F. Capra afirma que el proceso terapéutico moderno ya no se concibe como el tratamiento de una enfermedad, sino como una aventura en la exploración de uno mismo.

No podemos hablar de una sociedad avanzada y adulta, si sus miembros no gozan de buena salud y no poseen una educación que les haga independientes y responsables. Hoy todo el mundo sabe que los servicios básicos de cualquier sociedad son la salud y la educación. Dos aspectos que no parece que estén, en todos los países, entre las preocupaciones fundamentales de los gobernantes actuales. Según un informe de Amnistía Internacional, un tercio de los países del mundo invierten más recursos en las fuerzas armadas que en los servicios de salud. Parece que algunos de los gobernantes, de talento más bien totalitario y dogmático, incluso en sociedades democráticas, tienen miedo a esos ciudadanos sanos, cultos y responsables,  probablemente debido a que son más difíciles de controlar y de dirigir. Y no debemos olvidar que el miedo es un componente significativo tanto de la falta de equilibrio psicológico como de la ignorancia.

Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que los países más avanzados son aquellos que tienen, entre sus prioridades fundamentales, la salud y la educación, y para ello han firmado pactos de gobierno entre los principales partidos políticos, considerando que ambas constituyen -salud y educación- la base social sobre la que se asienta una sociedad sana, próspera y equilibrada. El hecho de que cada partido en el gobierno imponga su particular visión en la salud y la educación, es un índice de que esa sociedad es más totalitaria que democrática.

Así pues, los fallos que se observan -como vamos a ver- en las sociedades occidentales, tanto en la salud como en la educación, son semejantes al ser estructurales y conceptuales. F. Capra, en su libro “El punto crucial”, hace una detallada exposición de la situación de la salud en el mundo occidental, y a él nos remitimos con frecuencia en el presente capítulo en lo referente a la salud. Dice, por ejemplo, que hoy estamos asistiendo a una profunda crisis de la asistencia médica en Europa y Norteamérica, a pesar de los grandes adelantos de la medicina, pues “no parece -afirma- que la salud de la población haya mejorado de manera significativa”. Podemos asegurar que la salud pública ha mejorado más en cantidad que en calidad.

“La esperanza de vida es una estadística útil, pero no basta para medir la salud de una sociedad. Para tener una imagen más exacta hemos de prestar más atención a la calidad que a la cantidad”, dice el mismo Capra. En efecto, lo importante no es llenar la vida de años, sino los años de vida. La calidad y la cantidad forman una dualidad, y en toda dualidad nuestra sociedad se halla polarizada en el extremo más visible; por eso, prefiere la cantidad (años) a la calidad (vida). Pero, como  vemos en otras partes del libro, eso es una ilusión, un engaño, ya que en toda dualidad hay que buscar la unión de los opuestos, encontrar el equilibrio entre ambos; de lo contrario, surge el desequilibrio.

En 1946, la Organización Mundial de la Salud (OMS) conceptualizó la salud como "un completo estado de bienestar físico, mental y social y no meramente la ausencia de enfermedad o incapacidad". Esta definición de la salud recuerda la Declaración Universal de los Derechos Humanos, referente a la educación, que dice: “La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana”. No faltan textos legales que avalan la necesidad de procurar una salud y una educación integrales, como un derecho fundamental de todo ser humano; así, se reconoce que la salud y la educación son la base esencial para que los pueblos puedan salir de la pobreza. En cambio, faltan los medios  y la concienciación suficientes para cumplir con esos derechos.

Se debería investigar más sobre las relaciones entre la salud y la educación, sobre el cambio necesario de actitud que debe realizarse en todos los sectores sociales con respecto a estas dos bases fundamentales de la sociedad. Ambas han sido víctimas -quizás aún más la educación que la salud- del sistema patriarcal dominante, de la visión mecanicista y fragmentaria del mundo, de su totalitarismo y su dogmatismo, y de la falta de consideración del alma individual del paciente y del educando. En una encuesta llevada a cabo por M. Ferguson, acerca de su libro “La Conspiración de Acuario”, las personas relacionadas con la educación estaban todas de acuerdo en que la educación es una de las instituciones menos dinámicas, muy por detrás de la medicina, la psicología, la política, etc. 

El verdadero educador sabe que la Nueva Educación pone todo su empeño -lo mismo que el verdadero terapeuta y el verdadero sanador- en la importancia de cada ser humano individual. Sólo se puede educar y sanar adentrándose en el interior del ser humano, en su propia alma. Por eso, dice Jung: “Yo trato a cada paciente lo más individualmente posible, pues la solución del problema es siempre personal”. Esto se aplica lo mismo al médico, que al psicólogo y al educador. Sin embargo, tanto la salud como la educación convencionales rara vez toman en consideración los problemas personales de los individuos, desoyendo el dicho hipocrático “no hay enfermedades, sino enfermos”.

La relación entre la salud y la educación está presente en las consideraciones de transformación social de diversos autores, porque son los dos pilares fundamentales de cualquier sociedad, y en ese sentido es una responsabilidad de todos. Así, el científico social, W. Harman, hablando de la necesidad de una transformación social, dice: “La educación… sería función de todas y cada una de las instituciones de la sociedad”, y un poco más adelante, añade: “La nueva sociedad tendría una definición más amplia de la salud como integridad del ser. Como en el caso de la educación, la responsabilidad sería compartida por muchas instituciones”.

La salud forma parte de las necesidades básicas del ser humano, que se dice que son tres: el alimento, el vestido y la salud. Inmediatamente después, viene la educación. De ahí, la importancia social de la salud y de la educación, como necesidades vitales para la realización de todo ser humano. Pero ambas sufren una profunda crisis social. En cuanto a la asistencia sanitaria, esa crisis se debe, en gran parte, al haber adoptado el modelo biomédico, el cual trata de evitar -como veremos enseguida- todo aquello que no cuadra con sus estrechos límites del cuerpo y la materia, como son la muerte y los problemas psicológicos y existenciales del ser humano. Todo lo reduce a lo orgánico, a lo que palpan nuestras manos y ven nuestros ojos. Una visión tan limitada y mediocre del ser humano sólo puede llevar a la humanidad a la profunda crisis que sufre, hoy, ya que los problemas y las enfermedades del hombre actual no se pueden analizar ni comprender a la luz de ese modelo médico.

 Por eso, la crisis de la salud -como la de la educación- no es de fácil solución, ya que las verdaderas causas de ambas se enlazan con la crisis profunda de la civilización humana actual, de forma que su solución requiere un cambio de visión del mundo, un cambio de paradigma ya presente en el mundo actual, pero que se resiste a avanzar, debido a la enorme presión ejercida aún por las anteriores estructuras dominantes que siguen en el poder. Si bien es cierto que tanto la salud como la educación sufren una profunda crisis, en el campo de la salud se ha investigado mucho más que en el de la educación. Hoy contamos ya con una nueva medicina, una medicina alternativa, que si no es suficientemente conocida es porque la medicina oficial trata de impedirlo; en cambio, no contamos aún con una nueva educación, si no es en esferas muy reducidas.
(1) Se permite  el uso y la difusión de este documento citando su procedencia. Reservado por derechos de autor