sábado, 12 de octubre de 2013

Acerca del mérito y la excelencia



¿ES EL MÉRITO UN VALOR DE DERECHAS?
José Antonio Marina
Artículo publicado originalmente en El Mundo (11.04.2011)

Con frecuencia, creemos pensar cuando en realidad sólo estamos repitiendo 
ideas pensadas por otros o las creencias de nuestra tribu. Este pensar a lo 
loro olvida la genealogía de los conceptos, que suele estar llena de 
tensiones y malentendidos. Resultado: podemos estar diciendo, sin darnos cuenta, 
cosas contrarias a las que creemos decir, o pensar. Por eso, es una buena medida de 
higiene social recordar la historia de ideas fundamentales que utilizamos 
cotidianamente. 

Una de ellas es la noción de mérito. Su significado original es humilde: mérito 
es lo que hace a una persona digna de recompensa o de castigo. Pero, durante la 
Edad Media, los teólogos lo relacionaron con el tema de la salvación, hasta tal punto 
que fue el centro de la polémica protestante. Lutero afirmaba que los humanos no 
podíamos hacer nada meritorio y que la salvación dependía sólo de los méritos de 
Cristo. Los católicos, en cambio, pensaban que los actos humanos cooperan a la 
salvación. Las revoluciones del siglo XVIII introdujeron el concepto en el campo 
político. 

Durante siglos, la posición social, el estatus de una persona habían estado 
determinados por su nacimiento. La movilidad social era mínima. Los revolucionarios 
americanos y franceses rechazaron ese dogma atávico y construyeron un nuevo orden 
social basado sobre el mérito personal, tal como lo había descrito Locke: trabajo, 
conocimiento y esfuerzo. Thomas Jefferson quería para su nación una «aristocracia 
del mérito», y en la noche del 4 de agosto de 1789, los Estados Generales franceses 
abolieron los privilegios y establecieron la jerarquía del valor personal. 

El artículo 6 de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano 
dice: «Todos los ciudadanos, siendo iguales a los ojos de la ley pueden acceder a 
todas las dignidades, puestos y empleos públicos, según su capacidad y sin otra 
distinción que la de sus virtudes y de sus talentos». Los diputados no utilizaron la 
palabra mérito porque todavía resonaba muy cercano su significado religioso. Del 
principio «a cada uno según su nacimiento» se pasa al de «igualdad para todos», que 
está matizado por ese de «a cada uno según su talento». La palabra mérito había 
adquirido un significado positivo. Designaba un conjunto de cualidades que merecían 
aprecio o recompensa. 

A partir de ese momento, la educación pública tuvo que encargarse de 
fomentar el mérito y de evaluarlo. En Francia, en 1794 se crean L’ École 
Polytechnique y l’ Ecole Normale Superieure. Administración y educación superior 
comienzan una historia conjunta que se desarrolla durante todo el siglo XIX, cuyo 
núcleo es el sistema de méritos, y que ha constituido un factor esencial del 
funcionamiento del Estado francés y de muchos otros. 

Este sistema fue blindándose y convirtiéndose en una nueva clase social, lo 
que despertó el recelo de los defensores de la igualdad. En 1958, Michael Young 
inventa la palabra meritocracia en su libro Las ascensión de la meritocracia. Un 
ensayo sobre educación y libertad. Acusa a las élites -que habían surgido gracias a la 
defensa revolucionaria de la movilidad social- de dejar de ser abiertas. Sin embargo, 
en el Reino Unido, tanto Tony Blair, laborista, como David Cameron, conservador, 
defienden la meritocracia. Richard Seymour en The Meaning of David Cameron (Zero 
Books, 2010) critica esta postura porque piensa que la meritocracia es «un lenguaje de 
dominio de clase», ligado al sistema capitalista y neoliberal. 

¿Cómo se ha producido este travestismo del concepto de mérito, que de ser 
revolucionario parecer haberse convertido en gran valor del sistema capitalista? ¿Por 
qué se ha vuelto un valor conservador o liberal, rechazado por el pensamiento 
socialista? ¿El reconocimiento del mérito y el fomento de la excelencia atentan contra 
la igualdad? ¿Es la distinción un insulto para la democracia? ¿El gobierno del pueblo 
(vulgo) significa el gobierno de la vulgaridad? 

Estos interrogantes tienen su origen en una confusión suscitada, curiosamente, 
por lo más luminoso y noble que ha inventado la humanidad: la idea de que hay cosas 
que merecemos no por nuestras acciones, sino por el mero hecho de pertenecer a la 
especie humana. Nos hemos habituado de tal manera a esta afirmación, que ya no 
percibimos su rareza. Por ejemplo, nada hubiera irritado más a los personajes de la 
literatura griega y a sus pensadores como la idea de que la dignidad se tenía por el 
hecho de haber nacido, y no por el esfuerzo. “¿Cómo yo, que soy valiente en el 
combate, que me arriesgo por mi ciudad, voy a tener la misma dignidad que un ser 
mezquino que codicioso y cobarde que se esconde y se aprovecha de mi esfuerzo?”, 
dirían los héroes homéricos. 

Sin embargo, la afirmación de que hay cosas que todos merecemos por 
nuestra naturaleza de seres humanos es el principio fundamental e irrenunciable de la 
ética. Los derechos fundamentales amparan ese merecimiento no ganado sino 
recibido. Pero, una vez reconocido, hay que marcar sensatamente los límites de ese 
mérito pasivo, porque si se extiende demasiado valoraremos mucho nuestra 
naturaleza, pero devaluaremos el comportamiento. Y, al hacerlo, la búsqueda de la 
excelencia, o su reclamación, se vuelven sospechosas, como un retoño malvado de un 
aristocratismo insolidario que desea cargarse la igualdad. Esos límites se han vuelto 
borrosos en nuestro país e inducen a confusión. 

Hace pocos años, Victor Pérez Díaz investigó lo que los padres españoles 
pensaban acerca de la educación, y una de las cosas más chocantes que descubrió 
fue el alto número de padres que creían que derecho a la educación significaba 
derecho a tener un título. 

Aterricemos en lo que ha motivado este artículo: el debate provocado por la 
decisión de Esperanza Aguirre de crear un Bachillerato de Excelencia. ¿No se está 
con ello fomentando la segregación, el gueto meritocrático? Los posicionamientos han 
vuelto a ser, una vez más, ideológicos, es decir, se han esgrimido pensamientos 
pensados por la tribu. Por eso es necesario el análisis. Para el público poco versado 
en términos educativos he de decir que el bachillerato no pertenece a la enseñanza 
obligatoria, que se acaba con la ESO a los 16 años, sino que es voluntario y requisito 
para entrar en la Universidad. 

Quiero explicarles la dificultad de la educación obligatoria, para que 
comprendan las dificultades con que nos enfrentamos quienes nos dedicamos a ella. 
Tiene que alcanzar dos objetivos educativos irrenunciables, pero contradictorios. El 
primero de ellos es la integración social y cultural de todos los alumnos, y eso nos 
fuerza a ampliar elásticamente sus límites para intentar que ningún alumno se 
margine, porque eso supone casi su muerte social; el segundo objetivo es 
proporcionar una educación de calidad, lo que exige ser selectivos. Estamos por ello 
inevitablemente sometidos a un movimiento de acordeón. 

LA SOLUCIÓN no es fácil, porque separar en unos centros a los buenos 
estudiantes y en otro a los malos acaba produciendo unas fracturas sociales y 
pedagógicas difíciles de superar. Así pues, la enseñanza obligatoria es una enseñanza 
socializadora. En cambio, con el bachillerato debe comenzar una enseñanza basada 
exclusivamente en el mérito y en la capacidad. Y lo mismo digo, en tono ya 
superlativo, de la Universidad. ¿Para qué queremos miles de universitarios mediocres, 
a los que no interesa estudiar, y que tardan un montón de años en terminar las 
carreras? Que los mejores alumnos de secundaria vean reconocido su esfuerzo, que 
haya centros de excelencia me parece bien, pero es una solución perezosa y si me 
apuran de aficionados. 

Hay otras soluciones técnicamente más eficaces, y socialmente más justas y 
estimulantes Y también, por supuesto, más complejas. En cada centro de secundaria 
se pueden introducir cursos de excelencia voluntarios, cuyo resultado después se 
refleje en los expedientes académicos. Esta posibilidad de acceder a distintos niveles 
de esfuerzo y excelencia existen en los centros bilingües o en aquellos donde se 
imparte el Bachillerato Internacional. 

Murcia introdujo un Bachillerato de Investigación, en el que los alumnos que 
querían podían ampliar con una asignatura más el currículum normal. Este sistema 
nos permitiría también ayudar a los alumnos con altas capacidades, sin necesidad de 
sacarles de su entorno habitual. Se trata de hacer una sabia educación diferenciada, 
justa para todos. Tenemos una escuela rígida y monolítica. Hay que poner múltiples 
posibilidades al alcance de los alumnos, de los profesores y los padres. Unas mínimas 
y otras máximas. Café para todos no es una demostración de justicia sino de simpleza. 
Nuestro sistema educativo es un diplodocus dormido. Las verdaderas soluciones 
educativas no son simples. Y tan simple es la propuesta de Aguirre, si piensa que esa 
es la solución, como simple es la afirmación del ministro de que esa no es la solución. 
Las soluciones existen, las conocemos, y podríamos ponerlas en práctica. Todas 
remiten al principio que debería regir nuestra convivencia: socialismo de las 
oportunidades, protección del débil y aristocracia del mérito. 

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