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sábado, 28 de diciembre de 2013

Ralph Aldo EMERSON como educador

Ralph Waldo Emerson (Boston, Massachusetts, 25 de mayo de 1803  Concord, Massachusetts, 27 de abril de 1882) fue un escritor, filósofo y poeta estadounidense. Líder del movimiento del trascendentalismo a principios del siglo XIX, sus enseñanzas contribuyeron al desarrollo del movimiento del «Nuevo Pensamiento», a mediados del siglo XIX.

La filosofía de Emerson es típicamente liberal: potencia los valores del individuo y del yo, es afirmativa, vitalista y optimista. De ahí las alabanzas que mereció por parte de pensadores como Friedrich Nietzsche y otros. Es considerado uno de los primeros ensayistas norteamericanos; publicó dos series de este tipo de escritos, entre los cuales destacan títulos como “Naturaleza”, “Libros”, “Autosuficiencia”, “Ancianidad”, “Civilización americana”, “Historia”, “Confianza en sí mismo”, “El poeta”, “Compensación”, “Experiencia”, “Política” o “El trascendentalista”.

"EMERSON COMO EDUCADOR" (Antonio Lastra)
El título de este libro es una versión del título de otro libro, Schopenhauer como educador, de Friedrich Nietzsche. Aunque para entender a Nietzsche habría que admitir sin reservas la in­fluencia de Emerson, contribuir a esa interpretación no es el mo­tivo que ha animado las páginas que siguen. La influencia de Emerson en general –a pesar de los grandes ejemplos de Tho­reau, del propio Nietzsche, de Harold Bloom o de Stanley Ca­vell– sigue siendo un misterio. Cada uno de los ensayos de este libro ofrece un aspecto de ese misterio, no la clave. El misterio o la dificultad en cuestión tal vez residan en lo que Emerson llamó las “enseñanzas tardías”. Una lectura comparada de algunos au­tores más o menos excéntricos podría mejorar nuestra educación convencional. El carácter que le demos a la convencionalidad de nuestras instituciones educativas es menos importante que el hecho de que tienden casi fatalmente a la conformidad. La con­fianza en sí mismo que Emerson adoptó como aversión a esa conformidad era, sin embargo, una exigencia de la comunidad: de lo que la comunidad exige a cada uno de sus miembros y de lo que cada uno de sus miembros exige a la comunidad.

Frases de Emerson sobre educación:
* Lo que se enseña en las escuelas y universidades no es educación, sino los medios de educación.
* El secreto de la educación  está en el respeto al discípulo.
* Hay en la educación de todo hombre un momento en que llega a la convicción de que la envidia es ignorancia, que la imitación es suicidio, que uno debe aceptarse a sí mismo como su propio destino, ya sea para bien o para mal, que a pesar de que el amplio universo esté lleno de bien, no habrá que recibir ni un solo grano de trigo nutritivo, sino su propia labor realizada en aquella parcela de tierra que le ha sido dada para que la labre.
* Donde hay educación no hay distinción de clase
* El espíritu de la educación es el conocimiento, no de los hechos, sino de los valores.
* Creo que la instrucción es la parte menor de la educación.
* Que se eduque a los hijos del labrador y del barrendero como a los del más rico hacendado.

martes, 20 de noviembre de 2012

A. N. Whitehead, filósofo de la educación


A. N. WHITEHEAD
(Ramsgate, Inglaterra, 1861 - Cambridge, Massachusetts, 1947). Filósofo y matemático inglés. Fue profesor en la University College de Londres, en el Imperial College of Science and Technology de Kensington y en el Trinity College de Cambridge. Desempeñó también importantes cargos administrativos y pedagógicos, cuya experiencia recogió en la obra Los fines de la educación y otros ensayos (1924).

Alfred North Whitehead, educador y pedagogo
Jueves 10 de Febrero de 2011
Su mente lúcida, rica y disciplinada por severos principios aunada con una actitud crítica, mostró interés por grandes problemas humanos, como el de la educación. En su obra Los fines de la educación y otros ensayos, reúne siete trabajos sobre aspectos teóricos y prácticos de la educación y tres de materia científica especial.

En sus concepciones educativas manifiesta la idea fundamental de que los estudiantes son seres vivientes, de una activa plasticidad que debe ser estimulada y orientada en el curso de su autodesenvolvimiento. También los educadores lo son, y ambos conceptos convierten el pensamiento educativo del filósofo inglés en una enérgica reacción con las ideas muertas y la educación estática.

Atribuye grandes estragos a las ideas inertes en la evolución de la humanidad, y contra el estancamiento mental que provocan, el sistema de educación debe precaverse mediante la tenaz aplicación de dos principios: “No enseñar demasiadas materias” y “Lo que se enseña, enseñarlo a fondo”. Whitehead tiende hacia una educación vital que se proponga incorporar al espíritu en formación, pocas e importantes ideas, susceptibles de ser combinadas y aplicadas a las situaciones de la vida real.

Sostiene que nadie puede creerse dotado de un genio especial para la enseñanza si sólo posee conocimiento de alguna rama de la ciencia o de la literatura, cuando Whitehead expone ideas educativas, junto a un espíritu teórico deja traslucir una rica experiencia.

Para Whitehead el fin de la educación no es introducir en la mente cierta cantidad de conocimientos inertes, sino desenvolver y utilizar a la misma en cuanto ella “es actividad perpetua, delicada, receptora, que responde a estímulos”.

La reforma de los programas educativos debe mirar, más que al conocimiento en sí, a los atributos humanos que se propone despertar y desenvolver.

Whitehead afirma que se presenta un decaimiento de los ideales educativos, pues en las escuelas de la antigüedad los filósofos aspiraban a impartir sabiduría, en cambio en los modernos colegios nuestro propósito es más humilde: enseñar materias; un tránsito de lo vivo a lo inerte. Con palabras sencillas dice al respecto: “La educación debe despedir al alumno con algo que sabe bien y algo que puede hacer bien”, lo que equivale a asegurar la unidad entre la teoría y la práctica, el conocimiento y la aplicación.


Los fines de la educación.
Educar para la sabiduría: propuesta de Alfred North Withehead

Introducción

Consideramos que la tesis de Alfred North Whitehead (1861-1947) sobre los fines de la educación (educar para la sabiduría) es pertinente y relevante en nuestros días. Sin embargo, regularmente se piensa que si un artículo o investigación pueden ser interesantes deben referirse a los grandes “estudiosos o corrientes en moda”, nos empeñamos en suscribir ideas de filósofos de renombre o analizar temáticas desde las perspectivas predominantes y es un infortunio acercarnos a las reflexiones educativas sólo por los nombres o porque están en boga y no por los argumentos. Esta es una de las razones por las que nos permitimos escribir el presente artículo y, en cierta forma, compensar esa limitación en nuestro estudio.

El objetivo de este artículo es presentar las ideas más destacadas del filósofo y científico inglés en su obra Los fines de la Educación (1929) precisando tres aspectos:

1. Los ideales educativos,
2. El proceso educativo y
3. La misión de la universidad. 


Igualmente es interesante el artículo

LOS FINES DE LA EDUCACIÓN. EDUCAR PARA LA SABIDURÍA: PROPUESTA DE ALFRED NORTH WHITEHEAD

Flor Alejandrina Hernández Carballido
florhernandez@psi.net.mx
Licenciada y Maestra en Filosofia. UNAM
                          Profesora de la ENP (5) y de la UAM Iztapalap



Russell y Whitehead, filósofos de la educación


Russell y Whitehead


Ambos fueron grandes científicos, matemáticos y filósofos de la educación. Whitehead escribió, junto a Bertrand Russell, el famosísimo Principia Mathematica, uno de los libros de filosofía matemática más importantes de toda la historia. Pero aquí nos interesa resaltar su Principia Educativa, pues ambos son considerados filósofos de la Educación.

RUSSELL Y WHITEHEAD: PRINCIPIA EDUCATIVA
Alejandro Herrera Ibáñez
Instituto de Investigaciones Filosóficas
Universidad Nacional Autónoma de México


Después de la publicación de Principia Mathematica, escrita entre 1910 y 1913, Whitehead y Russell se van por caminos divergentes. Mientras el primero se embarca en un proyecto filosófico de carácter especulativo -y, por consiguiente, poco popular en esa época en el mundo filosófico anglosajón-, el segundo se erige como una de las mayores figuras de la filosofía analítica contemporánea, aunque no pueda catalogarse estrictamente como filósofo analítico. Es posible, sin embargo, encontrar algunos puntos de coincidencia entre ambos en sus reflexiones sobre educación. Aproximadamente por los mismos años -en 1926 y 1929- cada uno publica una serie de ensayos, en forma de libro, que ofrecen estimulantes ideas poco conocidas entre pedagogos. Dichas ideas -basadas más en intuiciones y experiencias propias que en trabajo experimental o estadístico- giran en torno a la educación en general, desde la niñez hasta la etapa universitaria. En cuanto a esta última, cada uno manifiesta su concepción de la universidad y de la enseñanza universitaria y ofrecen reflexiones que me parecen de gran actualidad.

Aquí me propongo reunir algunas de las ideas fundamentales que pudieron servir de punto de partida para lo que podría haber sido su segundo trabajo filosófico conjunto y añadiré algunas reflexiones personales. Me concentraré, además, en su concepción de la educación en general…

Russell piensa que la educación es de dos tipos: educación del carácter y educación de la inteligencia. Esta última se llama propiamente "instrucción" (p. 11). Tal división corresponde a la distinción -a mi parecer, más nítida- entre educación y enseñanza. Mientras que esta última corresponde a la instrucción o adiestramiento intelectual, la primera corresponde a la educación propiamente dicha, que para Whitehead consiste en una formación de segundo nivel. En efecto, para él, la educación consiste en "la adquisición del arte de la utilización del conocimiento" (p. 16). En este sentido, se trata también de una enseñanza, pero de un orden superior que presupone la adquisición de conocimientos previos. Mientras que la enseñanza puede ser teórica o práctica, la educación tiene siempre un carácter práctico, puesto que se trata de llegar a un saber cómo, más que a un saber que... De manera que podemos afirmar que mientras para Russell la enseñanza proporciona instrucción, para Whitehead la educación proporciona sabiduría (p. 41).

Esta sabiduría se logra, para Russell, mediante la formación del carácter, y para formar éste hay que inculcar en el educando, según él, cuatro características universalmente deseables, que son: la vitalidad, el valor, la sensibilidad y la inteligencia (pp. 43-44). Es por la vitalidad que sentimos placer por la vida e interés por todas las cosas, especialmente por el mundo exterior. Gracias a ella rompemos nuestro aislamiento saliendo de nosotros mismos. Su base es fisiológica. En cuanto al valor, Russell piensa en el que nos lleva a controlar miedos irracionales. Según él, el miedo ha sido causa de atraso y desgracias para la humanidad, y piensa que es de gran importancia formar generaciones que carezcan de él. La sensibilidad es también de gran importancia, pues consiste en la capacidad de vernos afectados por cosas buenas y -aunque Russell no lo dice- supongo que también por cosas malas. Supongo también que la afectación producida tiene siempre algún efecto positivo, es decir, constructivo, en nuestra conducta, si es que ha de ser una característica acorde con la primera, es decir, con la vitalidad, que refleja el optimismo russelliano. Esta sensibilidad puede ser estética o cognoscitiva, y en este último caso consiste en la posesión del hábito de observación. Éste se encuentra, naturalmente, muy conectado con la cuarta característica, la inteligencia. Para Russell, ésta consiste en la aptitud para adquirir conocimientos y resultará fundamental en el periodo de la formación universitaria. Para él, el cultivo de la inteligencia encuentra su fundamento en la curiosidad, entendida ésta como un "genuino afán de conocimiento". Cuando la curiosidad muere, la actividad de la inteligencia cesa.

Si bien el enfoque de Russell es más intelectualista, no es difícil ver que las características enumeradas son compatibles con la concepción whiteheadiana de la educación. Es por medio de la inteligencia, la sensibilidad, el valor y la vitalidad que podremos hacer un mejor uso de nuestros conocimientos. El enfoque de Whitehead, sin embargo, pone más énfasis en aspectos no estrictamente intelectualistas. Para él, el arte de utilizar bien nuestros conocimientos se traduce en la posesión de un sentido de los valores que nos lleva a la comprensión del arte de la vida, es decir, "de una actividad variada que expresa las potencialidades del individuo frente a su entorno" (p. 50). Puede afirmarse con seguridad que, en cualquier caso, tanto Russell como Whitehead ven en la educación algo más que la impartición de conocimientos. Para Whitehead se trata de inculcar un arte de vivir y un sentido de valores. Para Russell, de formar un carácter que en última instancia convergerá con las metas del primero.


jueves, 8 de noviembre de 2012

Bertrand Russell como filósofo de la educación


 
Bertrand Russell como filósofo de la educación

Dr. Nelson Campos Villalobos
 
 
 
 
 
 
 
LA REBELDÍA DE RUSSELL
Al leer las biografías existentes, se desprende que Russell fue un rebelde, pero en el buen sentido del término, porque estuvo disconforme con algunos aspectos del sistema, pero nunca se pronunció contra personas determinadas. Su rebeldía es diferente a la de Giordano Bruno, que llevado por su pasión por la intransigencia, se acercaba mucho a la patología psiquiátrica. En cambio Russell era un apasionado por la libertad, el pacifismo, el nuevo rol de la mujer en la sociedad y por la necesidad de una nueva educación que liberara el espíritu de prejuicios y restricciones sin sentido, propias de la religión dogmática que imperaba en su mundo… Sus protestas fueron siempre apoyadas por científicos de la calidad de Einstein, con quien se escribía e incluso publicaron conjuntamente sus ideas sobre la guerra atómica y sus peligros.
En su ensayo titulado Educación y disciplina, Russell precisó su propio concepto sobre la rebeldía. Dice: “Los rebeldes, por otra parte, aunque puedan ser necesarios, difícilmente pueden ser justos con lo existente. Añádase que son muchas las clases de rebeldía, y solamente una pequeña parte de los rebeldes son sabios. Galileo fue un rebelde y fue sabio; los que creen en la teoría de que la tierra es plana son rebeldes igualmente, pero son unos ignorantes. Hay un gran peligro en la tendencia a suponer que la oposición a la autoridad es esencialmente meritoria y que las opiniones libres son correctas con mayor probabilidad; ningún propósito útil queda servido rompiendo faroles o sosteniendo que Shakespeare no es poeta. Y, sin embargo, esta rebeldía excesiva es muchas veces el efecto que produce en los niños con espíritu un exceso de autoridad. Y cuando los rebeldes se hacen educadores, muchas veces provocan el desafío por parte de sus alumnos, para los que al mismo tiempo están tratando de formar un ambiente perfecto, aunque estos dos fines sean escasamente compatibles.
Lo deseable no es la sumisión ni rebeldía, sino buen carácter y general afabilidad, tanto para las personas como para con las nuevas ideas.”
 
RUSSELL Y LA EDUCACIÓN
 
Nuestro filósofo plasmó sus ideas sobre educación en un libro pequeño, pero enormemente valioso porque en él encontramos una filosofía de la educación abarcadora, es decir, se refiere a todo el sistema educacional de un país y al mismo tiempo a todo el ciclo de formación de un individuo. Esta posición integradora es poco frecuente, porque en las numerosas filosofías educacionales que se han dado en la historia pocas tienen esa cualidad unificadora del ser humano.
El libro al que me refiero es On Education, Especially in Early Childhood, publicado en Inglaterra en 1926 y que se editará en español tardíamente, en 1967, como Sobre Educación, sin el subtítulo. Está escrito en el estilo propio de Russell, al mismo tiempo muy académico, pero entendible y con rasgos de fino humorismo inglés.
Es interesante que, como en el caso de Jean Piaget, muchas de las observaciones las realizó en sus propios hijos y no en grandes colectivos como suelen hacer los autores norteamericanos. Es que el método clínico, en manos de grandes científicos es excelente para descubrir e interpretar conductas que pasan desapercibido en los trabajos llamados experimentales. Tal como había abandonado su pasión, las matemáticas, a partir de 1923, cuando nace su hija Kate, deja la filosofía social para dedicarse a la educación y su problemática.
Si bien Russell recibió la educación de calidad que era reservada para las familias nobles y para las que poseían riquezas, no dejó de pensar que esa enseñanza era importante para el pueblo, pero que habría que sacrificar la libertad para poder lograr una masificación que hiciera a la educación un proceso más democrático y de cobertura universal…
En el año 1927 conjuntamente con su esposa abrió una escuela, pues deseaba poner en acción sus principios educacionales. El Ministerio de Educación, del cual era crítico, sin embargo lo apoyó permitiendo que funcionase como un establecimiento experimental, poniendo en acción el principio de la libertad educacional.
 
LOS FINES DE LA EDUCACIÓN
En su ensayo Educación y disciplina, escrito en 1926, señala: “Toda teoría pedagógica seria debe estar constituida por dos partes: un concepto de los fines de la vida y una ciencia de la dinámica psicológica; esto es, de las leyes que rigen los cambios mentales. Dos personas que disientan en cuanto a los fines de la vida no pueden esperar llegar a un acuerdo en cuanto a la educación”.
Russell señala en Sobre Educación: “Antes de emitir una opinión definida acerca de la educación que nos parece preferible, debemos tener alguna idea de la clase de persona que deseamos producir.” Esto es justamente lo que no hacen las autoridades educacionales.
Russell captó que la finalidad es necesaria para poder diseñar una enseñanza que se considera necesaria y eso deberían tenerlo claro los Ministerios de Educación en cualquier parte del mundo: “La educación que deseamos para nuestros hijos depende de nuestros ideales acerca del carácter humano y de nuestras esperanzas respecto a su incorporación a la humanidad”.
 
Si aplicamos estos conceptos al mundo del siglo XXI, vemos que Russell aún tiene razón. Si el gobierno tiene una visión del mundo desde la izquierda política, ¿Cómo podrá ponerse de acuerdo con la derecha y viceversa? Es por eso que los Ministerios de Educación nunca explicitan los fines de la vida o los fines de la educación y por lo mismo en aquellos países en los cuales es difícil lograr consensos, ya sea por irresponsabilidad política, ignorancia o simplemente estupidez, la educación queda sin brújula que oriente el currículo, pues nadie sabe qué se espera ni a dónde va la educación del país. Y entonces la educación pública, la que proporciona mezquinamente el estado, sin calidad, sin una burocracia culta y sin fines claros, está condenada a la mediocridad, sin que se pueda aprovechar toda la potencialidad que para el desarrollo y la economía significa una educación de calidad...


Si queremos resumir las ideas que Russell consideraba importantes para aplicar a la educación, tenemos tantas que es imposible hacerlo en pocas páginas, pero las que considero más relevantes son:

Libertad de enseñanza para que de acuerdo con los padres permita que éstos puedan escoger la que les conviene a sus hijos.

Las autoridades políticas deberían explicitar el tipo de persona que la educación debe formar: los fines de la vida y los de la educación son los que orientan el quehacer de los maestros y de la sociedad.

La disciplina es importante, pero debe venir desde el propio alumno y no ser impuesta como un castigo al niño que no ve ventaja alguna del trato malo que puede recibir de los educadores.

Los niños deben ser considerados como fines en sí mismo, como señalaba Kant, porque al ser considerado como un medio ello puede ser para mal o para bien.

La importancia de la formación del carácter del niño en sus primeros años, pero también con la ayuda de los padres.

La veracidad es primordial, el niño debe ser enseñado a decirla siempre, porque ella es la base de la sociedad política y ayuda al crecimiento moral de la comunidad.

El niño debe desarrollar afecto y simpatía hacia los otros niños y el trato que da el maestro es necesario como ejemplo siempre presente. Se debe evitar el castigo físico y el psicológico para mantener la salud mental del grupo.

La educación sexual es tan importante como la educación intelectual del niño.

La educación parvularia es necesaria para todos los niños y en especial para los que viven en las ciudades.

El tiempo que se dedica a la educación universitaria debe ser devuelto a la comunidad mediante el aprovechamiento del estudiante. Ese es su trabajo y vale mucho la responsabilidad del joven. No es bueno que un estudiante pierda el tiempo y lo haga perder a los demás si no se dedica a su trabajo intelectual como se espera de él.

La educación física es tan importante como la formación intelectual del joven.
(Véase texto completo)


domingo, 30 de septiembre de 2012

Ortega y Gasset como educador

JOSÉ ORTEGA Y GASSET (1883-1955)
Juan Escámez Sánchez

 Ortega y Gasset, como  pedagogo y educador, ya defendía -según Escámez- la necesidad de “educar a los niños no como adultos sino como niños; no desde un ideal de hombre ejemplar, sino desde una pauta de puerilidad”. Ortega -dice Escámez- critica que juzguemos a los niños desde nuestras categorías de adultos, suponiendo que están sumergidos en el mismo medio vital que nosotros. Esta idea está muy presente en las escuelas de educación más avanzadas en la actualidad, y en este blog defendemos que, en la Nueva Educación, es el educador el que ha de acercarse al niño, no el niño al educador. 

1.-El problema de España es un problema educativo
… Sobre la sistematicidad de la filosofía de Ortega, en dispersión temática y cualidades literarias, ya se han pronunciado personas competentes en los diversos campos del saber. En este perfil nos circunscribiremos al tratamiento de aquellas cuestiones que nos conduzcan a la comprensión de un aspecto orteguiano, a mi juicio importante y poco tratado; me refiero a la dimensión de Ortega como educador. Aunque él consideraba su vocación el cultivo del pensamiento, que para él no podía ser más que filosófico, la gran pasión de Ortega fue la educación del pueblo español. Como ha demostrado Cerezo, el motor del pensamiento de Ortega no es otro que su meditación continuada e intensa sobre el problema de España, por lo que su evolución intelectual no puede aislarse de tal preocupación. Desde esa clave es necesario interpretar sus actividades políticas, culturales y filosóficas. Tales actividades son proyectos de reforma sociopolítica del país, aunque orientados a distintos niveles y ámbitos de la realidad social. Ortega era, ante todo y sobre todo, un pedagogo de ámbito nacional, que buscaba la reforma y transformación de España; a ese fin todos los medios podían y debían ser usados: periódicos, revistas, libros, cátedra, política, etc. La transformación del país es concebida por el joven Ortega como el proceso mediante el cual España se incorpora a la cultura europea. Así queda marcada la que él considera su vocación pública como intelectual, su destino de educador, casi de reformador social: empeñarse en poner a España a la altura cultural de Europa. La diversidad de planteamientos que, sobre la cultura, desarrolla Ortega, en conexión con el problema de España, nos servirá de guía para interpretar la evolución de su pensamiento, en el aspecto filosófico a la vez que en el pedagógico. ¿En qué forma desarrolló Ortega su función de educador? Como él repite constantemente, al hilo de las circunstancias.

… A la educación impartida por los jesuitas reprocha su estilo y contenido negativista, su intolerancia y, sobre todo, sus limitados conocimientos y su incompetencia intelectual. Asimismo, las experiencias universitarias de Ortega en Madrid fueron decepcionantes, y a las enseñanzas recibidas las califica como expresión de lo chabacano. Con fundamento o sin él, el panorama que Ortega describe sobre la educación recibida es negativo. Además de las circunstancias familiares y escolares, no puede comprenderse la función educadora de Ortega sin considerar la especial situación anímica de la sociedad española en esos momentos, ya que se siente a sí mismo como parte de una generación, “que nació a la atención reflexiva en la terrible fecha de 1898, y desde entonces no ha presenciado en torno suyo, no ya un día de gloria ni de plenitud, pero ni siquiera una hora de suficiencia”.

En el proceso para alcanzar esa transformación cultural es donde Ortega sitúa a la educación. Destaca que lo que los latinos llamaban eductio o educatio era la acción de sacar una cosa de otra, o la acción de convertir una cosa menos buena en otra mejor. Aunque no se detiene en precisiones terminológicas, nos aporta un concepto de educación que parece tener su raíz en educatio y que en nuestros días es básicamente aceptado; entiende por educación el conjunto de actos humanos que tienden a transformar la realidad dada en el sentido de un ideal. Establecido el significado del concepto de educación, Ortega se plantea determinar las funciones de la pedagogía, como ciencia de la educación, y claramente le atribuye dos: la primera es la determinación científica del ideal, del fin de la educación; y la segunda función, que es esencial, consiste en hallar los medios intelectuales, morales y estéticos mediante los cuales se logre polarizar al educando en dirección de aquel ideal. Puesto que por la educación tenemos que transformar al hombre real, al que “es”, en el sentido del ideal, el que “debe ser”, la primera tarea consiste en responder a la siguiente pregunta: ¿cuál es el ideal de hombre que constituye el fin de la educación y que exige el empleo de determinados medios? Ese es el interrogante central de su conferencia. El hombre, responde, no es un mero organismo biológico; lo biológico es sólo un pretexto para que exista el hombre. El hombre es tal en cuanto productor de hechos según formas ideales; en cuanto productor de la matemática, del arte, de la moral, del derecho; el hombre es tal en cuanto productor de cultura. En su búsqueda de determinar el fin de la educación, del ideal-hombre, Ortega afirma, además, que el verdadero hombre no es el ser individual, aislado de los demás. Distingue en cada hombre un “yo” empírico con sus caprichos, amores, odios y apetitos propios, singulares; y un “yo” que piensa la verdad común a todos, la bondad general, la universal belleza, es decir, distingue un “yo” empírico de un “yo” creador de cultura que es un yo genérico. Ciencia, moral, arte, etc., son los hechos específicamente humanos y, por lo tanto, se es verdaderamente humano en cuanto se participa en la ciencia, en la moral y en el arte de una comunidad. El ideal de hombre, meta de la educación, es el hombre productor de cultura, y productor de cultura con los demás. Si así es el ideal de hombre, la educación tiene que dirigirse no al yo empírico, en donde radica lo singular, sino al yo genérico que siente, piensa y quiere según aquellas formas ideales. Como consecuencia de todo lo anterior, la educación tiene que ser el proceso por el que lo biológico o natural del hombre se conforme al reino de las formas ideales, y así actúe de acuerdo a la normatividad derivada de ellas. En esta primera etapa, ante el binomio cultura-vida, el pensamiento educativo de Ortega, influido por sus docentes neokantianos, se inclina claramente de parte de la cultura. Sin embargo, nuestro pensador tiene una fuerte personalidad intelectual y unos intereses sociopolíticos que difícilmente se compatibilizan con el formalismo de sus maestros de Marburgo, por lo que, a mi juicio, ofrece ciertas peculiaridades dignas de consideración. La primera es la visión histórica que aporta del hombre junto a su conceptualización como ser social. En efecto, cuando está exponiendo la característica social del hombre para señalar que, en la relación educativa, el pedagogo se halla frente a un tejido social, no frente a un individuo, nos dice: “en el presente se condensa el pasado íntegro; nada de lo que fue se ha perdido; si las venas de los que murieron están vacías, es porque su sangre ha venido a fluir por el cauce joven de nuestras venas”.

Ortega no sólo realiza una sugerente exposición de dos funciones básicas de esa vida primigenia, el deseo y los sentimientos, sino que también procura señalar procedimientos para la educación de esa vida esencial. Así, para potenciar su impulso vital, el niño ha de ser envuelto en una atmósfera de sentimientos audaces y magnánimos, ambiciosos y entusiastas. Un medio pedagógico de importancia es presentarle, más que hechos, mitos; el mito, según Ortega, suscita en nosotros las corrientes inducidas de los sentimientos que nutren el pulso vital, mantienen a flote nuestro afán de vivir y aumentan la tensión de los más profundos resortes biológicos. Otro procedimiento al que presta especial atención es al de educar a los niños no como adultos sino como niños; no desde un ideal de hombre ejemplar, sino desde una pauta de puerilidad. Ortega critica que juzguemos a los niños desde nuestras categorías de adultos, suponiendo que están sumergidos en el mismo medio vital que nosotros. El niño tiene su propio medio vital de intereses, no utilitarios, que han de ser desarrollados y, precisamente de ese desarrollo dependen, con frecuencia, las direcciones vitales más ricas de la vida de adulto. Así “el canto del poeta y la palabra del sabio, la ambición del político y el gesto del guerrero son siempre ecos adultos de un incorregible niño prisionero”. Los objetos que para el niño vitalmente existen, que le ocupan y preocupan, que fijan su atención, que disparan sus afanes, sus pasiones y sus movimientos, no son los objetos reales cualesquiera, sino los deseables, que pueden ser reales o no, pero que al niño le interesan en cuanto deseables; por eso le atraen los cuentos, las leyendas en las que purifica los aspectos de la realidad para convertirla en un paisaje según sus deseos.

La innovación pedagógica de Rousseau, Pestalozzi, Fröbel es que frente a la prioridad concedida al saber, o al maestro, la prioridad tiene que estar en el alumno, y en el “alumno medio”. El principio que tiene que regular la enseñanza universitaria, nos dice, es el “principio de economía”. Si la pedagogía, y las actividades docentes, se han constituido en una ocupación, en una profesión, tan requerida, a partir del siglo XVIII, ha sido gracias al gran desarrollo alcanzado por la ciencia, la tecnología y la cultura. Actualmente el hombre tiene, para vivir con firmeza y desahogo, que aprender muchísimas cosas y, a la vez, tiene una capacidad individual limitadísima para aprender. La pedagogía, la acción docente, surgen por la necesidad de seleccionar lo que es básico en el aprendizaje, y de facilitar tal aprendizaje. Hay que partir del estudiante, de sus posibilidades de saber y de lo que él necesita para vivir. Hay que partir del estudiante medio y darle sólo el cuerpo de enseñanzas que se le puedan exigir con absoluto rigor; en otros términos, enseñarle lo que se requiera para vivir a la altura de su tiempo, y que esos contenidos pueda aprenderlos con holgura y plenitud. De acuerdo con lo anterior, Ortega establece los siguientes lemas: “La universidad consiste, primero y por lo pronto, en la enseñanza que debe recibir el hombre medio; hay que hacer del hombre medio, ante todo, un hombre culto, situarlo a la altura de los tiempos...; hay que hacer del hombre medio un buen profesional...; no se ve razón ninguna densa para que el hombre medio necesite ni deba ser un hombre científico”. El lema en el que Ortega centra su exposición es que la universidad debe enseñar cultura. Entiende por cultura el sistema de ideas vivas que cada época posee: “Esas que llamo ideas vivas o de que se vive son, ni más ni menos, el repertorio de nuestras efectivas convicciones sobre lo que es el mundo y son los prójimos, sobre la jerarquía de los valores que tienen las cosas y las acciones: cuáles son estimables, cuáles son menos”. El hombre, cada hombre, no puede vivir sin reaccionar ante su entorno o mundo, forjándose una interpretación intelectual de él y de su posible conducta en él. Esta interpretación es el repertorio de convicciones o ideas, sobre el universo y sobre sí mismo, que tiene que enseñar la universidad.

6.-Dimensiones de Ortega como educador
El análisis del pensamiento pedagógico de Ortega patentiza dos motivaciones básicas: la primera, que condiciona y da sentido a su obra entera, es la transformación de la realidad sociocultural española. La llamada “cuestión española” atraerá constantemente su atención y generará en él iniciativas de todo tipo: Liga de Educación Política, Agrupación al Servicio de la República, ininterrumpida intervención en los asuntos públicos mediante conferencias y artículos de prensa, actividad parlamentaria como diputado, etc. La segunda, en conexión con la anterior, es que Ortega considera su vocación ser el reformista, el moldeador de la nueva sociedad y del nuevo hombre español. Como se considera, y en mi opinión justificadamente, un filósofo, su vocación la realiza fundamentalmente en la aportación de ideas impulsoras de tal transformación. Su influjo educativo se desparrama en múltiples direcciones. En el ámbito académico es la personalidad más influyente de la filosofía española de su tiempo. En torno a él, bajo la influencia de su filosofía y personalidad, se constituye la llamada “Escuela de Madrid”. Manuel García Morente, Xavier Zubiri y José Gaos son con Ortega los titulares de las cátedras de filosofía de la Universidad madrileña. Cualquier conocedor de la cultura española sabe la importancia de esos nombres. Si a ellos añadimos los de Luis Recaséns, María Zambrano, Joaquín Xirau y Julián Marías, que por uno u otro motivo están en relación con la Escuela, estaremos de acuerdo en que el pensamiento de Ortega, considerado por todos como el maestro indiscutible, ocupa una posición privilegiada en la filosofía española del siglo XX. El influjo de Ortega no se circunscribe a los profesores y alumnos -en una época de esplendor de la filosofía: la denominada “Escuela de Madrid”- que le tuvieron por maestro; su influjo se extendió a otras personas relevantes de la filosofía y la cultura española de la postguerra como José Luis Aranguren y Pedro Laín Entralgo, entre otros, por lo que puede decirse que su filosofía pertenece a la tradición cultural de nuestro país…
En relación con los programas de reforma educativa orientados a desarrollar la pedagogía como disciplina científica, hay que destacar a otro discípulo de Ortega, al que antes hemos hecho mención, Joaquín Xirau que trabajó en Cataluña. Una discípula, María de Maeztu, sigue los pasos del maestro en Marburgo y estudia Pedagogía Social con Natorp. Viajó por toda Europa para conocer “las escuelas nuevas”, lo que luego le serviría para desarrollar en España un proyecto de reforma de los métodos de enseñanza. En el contexto extrauniversitario, Ortega realiza lo que ha llamado Luzuriaga múltiples “fundaciones”, buscando claramente influir, con nuevas ideas, en la sociedad española. Entre tales fundaciones destaca la Revista de Occidente que puede considerarse la culminación de un proceso durante el que los ensayos y los fracasos han sido una constante. Sus experiencias anteriores, en las actividades culturales y políticas, le hacen concebir la Revista de Occidente como una plataforma de lanzamiento para la transformación cultural de España. Parece ser que fundó esta revista y la editorial del mismo nombre para formar lectores que tuvieran la perspectiva cultural que él tenía, y en definitiva, para crear una atmósfera cultural en la que él mismo pudiera ser leído y discutido. Por último, quisiera poner de relieve el influjo educativo que Ortega tuvo en los países llamados del Cono Sur de Sudamérica (Argentina, Chile y Uruguay), donde encuentra una comunidad de valores y sentires compartidos y donde su influencia se intensificará gracias a la radicación de varios miembros de la “Escuela de Madrid”, exiliados a causa de la guerra civil española. Es, sin embargo, en Puerto Rico donde se percibe una mayor influencia. En su universidad se llevan a la práctica algunos de los planteamientos desarrollados en la obra que hemos comentado, Misión de la universidad, y muchos de los escritos de Ortega han sido allí utilizados como textos de estudio.